DETALLES

Me encontré delante de mis narices Los testamentos traicionados de Milan Kundera y abriéndolo por una página al azar leí que el autor teniendo entre manos una novela de Carlos Fuentes sintió que estaba unido a él por coexistir en ambos una misma obsesión, por un gusto, por una forma de hacer… A la vez se sentía extrañado de que se diera esta coincidencia entre él y otra persona tan lejana: que nace al otro extremo del mundo, con distinto itinerario cultural…

Yo pensé que yo sentía lo mismo por él, por Milan Kundera. Alguien tan lejano a mi en vida y en cultura que tuviese en sus novelas las mismas preocupaciones existenciales que yo. De una forma casi calcada… Y me sentí como si nos conociéramos.

Hace años leí un montón de novelas de este autor checo, terminaba una y empezaba otra, sin embargo hacía tiempo que no leía nada suyo. Al toparme con Los testamentos traicionados y ojearlos y ver que él sentía por otro lo que yo sentía por él… Bueno, no sé, a mi me pareció muy curioso… ¿no? ¿Vosotr@s que pensáis?

EL BARRIO

La ciudad entera se viste con sus atuendos de navidad. Ningún infante permanecerá indiferente ante esta dama de luces que exhibe impúdicamente sus mejores galas. Los días señalados se acercan y el frío consume los lares. Con mis uñas azules danzo sobre el teclado para dar cuenta de la vida del barrio. La hermosa plaza y sus calles cortantes se entrecruzan en laberintos familiares. Se puede ver a la miñoca entrando y saliendo de la tierra con sus teselas broncíneas rechazando los rayos de la luz y los girones de las sombras. Es tan gigante y tan bestia el animal que la gente se encarama en sus lomos y sueña con cabalgar. Está rodeada de un césped verde y denso donde se juega a la pelota y corren los perros en pos de sus amos o de cualquier zalamería lanzada por los aires. Desde mi ventana puedo verlos corretear y me sorprendo de su agilidad y de su alegría. He visto la alegría de los cánidos flotar tan descaradamente sobre sus cabezas que no puedo por más que impregnarme de sus dulces efluvios.¡ FELIZ NAVIDAD!

EL MARINERO BIBLIÓFILO

Hace años, cuando yo era pequeña, mis padres solían frecuentar la compañía de un marinero retirado al qué sus amigos habían apodado “el Cipillitos”. Aquel hombre había dedicado su vida a recorrer, en grandes barcos de faena, un montón de lugares exóticos e inalcanzables para la gente de la época. Alrededor de los años 80 se había retirado a una casita de piedra en las afueras de la ciudad que, en la época, era casi más bien un pueblo. Recuerdo que la verja de entreda estaba coronada por aquella planta tan extraña que algunos han dado en llamar: “Clavos de Cristo”. La parte trasera de la vivienda disponía de un pequeño huertecito con algunos vegetales y árboles de fruta. Allí aprendí a valorar el sabor del pepino, pués era algo que mi madre no solía comprar y para mí era de lo más curioso. Al pie de un árbol, el cipillitos, tenía una mesa de piedra donde algunos mayores solían departir mientras algún niño y yo corríamos por el huerco.

El cipillitos era un hombre sencillo y bonachón que carecía de familia pero que disponía de un pequeño círculo de amigos cercanos que le acompañaban en sus plácidas tardes en el huerto o en alguna tasca cercana.

Aquel marinero despertaba en mi madre un sentimiento de ternura y jugó un papel muy importante y curioso en su vida y por ende en la mía. El Cipillitos disponía de una gran biblioteca alimentada por los libros que había ido comprando, sobre todo, en América Latina. Muchos de los ejemplares que poseía eran enclenques fajos de papel amarillento y letra como de máquina de escribir y disponía de libros que en aquellos años apenas se podían encontrar en España porque aún empezaban a editarse después de la dictadura de “ese señor”.

Mi madre, lectora compulsiva de quien heredé la bibliofagía, esa enfermedad benigna que me atenaza, se volvió loca con aquello. Le encantaba usmear entre aquellos librotes y descubrir a Victor Hugo o a Blasco Ibánez entre sus filas. El Cipi se ofreció a prestarle todos los libros que desease, pero mi madre con su buen hacer, solo aceptó los libros de uno en uno, solamente se serviría de un nuevo volumen habiendo hecho la devolución del anterior.

De este modo se entrego a la lectura voraz de un montón de obras clásicas españolas o francesas sobre todo y alguna que otra suculencia. Empezó a pasar las noches en vela saciandose con aquellos mamotretos. Había veces que cuando mi padre, sobre las 5 de la mañana, se levantaba para ir a trabajar encontraba a mi madre atricherada en el sofa con alguna de estas golosinas entre las manos. En poco tiempo se merendó las obras completas de Zola, alguna obra de Flauvert, Los Miserables de Victor Hugo y otras fruslería que no recuerdo.

Cada viernes, que era cuando solíamos ir, mi madre soltaba el lastre que el Cipi le entregara, recibía una nueva exquisited y charlaban de los avatares de la semana. Mi madre me había contado sobre una de su peculiaridas; tenía estravismo. Se ve que durante las largas travesias, el marinero leía, tumbado en el camarote y sus ojos se habían revelado de este maltrato.

Aquel Edén “bibliofílico” había amebado mi casa, se había extendedido sigilosamente desde las afueras hasta nuestro rincón de la ciudad y se había llevado la atención de mi madre consigo durante largas noches y lo que se pudiera de las tardes. Yo estaba sorprendida por la intensidad con que mi madre, durante aquella época, se entregó a la lectura. Lo recuerdo perfectamente, levantarme al baño en la noche y verla allí, absorta. Me gustaba aquello, me resultaba entrañable y me transmitía paz.

No podría precisar cuanto duró aquella época pero lo que sí sé es que al Cipillitos le llegó su hora y aquel vergel literario salió de nuestras vidas tan sigilosamente como había entrado. Nuestro coleccionista se esfumó del mundo dejando tras de sí un aroma de libros añejos y gastados, dejando en el recuerdo las letras de los grandes literatos y un esbozo infantil de un huerto con sabrosos pepinos donde un marinero enamorado de los libros reunía a sus amigos las tardes de los viernes.

GUERREROS DE LA NOCHE

Apestadores e incestuosos guerreros de la noche

Escuchad en calma las palabras del desierto

Tan en vano vivimos como no en vano

Libres o esclavos depende de la perspectiva

No ateis vuestras manos a las cadenas y grilletes

No permitáis que el río fluya sin vuestra atención

Agenciaros violetas, calas y claveles, libros y cuadernos

La noche está empezando

Apretaos los anclajes y preparaos para el impulso

El viaje es tan largo como largo lo sintamos

Dejad que los grillos y los insectos ocupen sus espacios

Pasaremos como barcos dejando una estela efímera.

PANDORA

       Me imagino que muchos habréis escuchado el mito de Pandora en el cual Zeus envía al hermano de Prometeo una bella mujer dotada de muchas virtudes pero también de una carácter voluble e iracundo (atribuído por Hermes).

Pandora venía con una caja que al abrir liberaba los males. Cuando se cierra la caja solo queda en su interior la esperanza. Bien, pues lo que llevaba Pandora era un ánfora o jarro y lo de la caja es una deformación renacentista.

Por otro lado existes fuentes que afirman que lo que Pandora liberó fueron los bienes que volaron hacia las mansiones de los dioses abandonado a los hombres. Lo único que se pudo conservarse fue la esperanza.

CAFÉ CON KIONG SOOK

Me siento en el salón fresco y con olor a vainilla, hay muchas plantas y un cómodo sofá de esos orejeros tapizado en cachemir granate.

Una buena amiga me ha regalado hace unos días una novela coreana titulada “Por favor cuida de mamá” de la famosa (en Corea) escritora Kiong Sook, Shin.

Lo abro y leo y leo y leo. Es una lectura suave y cadenciosa con un ritmo lento y pausado. La madre de la protagonista se ha perdido y en el intento de encontrarla se la recuerda. Ella es descrita como trabajadora y sencilla, una sufrida mujer de campo.

La hija, una mujer de ciudad, toma la palabra para intentar traspasar la piel de roble de su madre, tratar de escudriñar sus sentimientos, sus razones, sus pensamientos… “Por favor cuida de mama” es un canto a esa madre que siempre está ahí, aunque sus hijos ya se hayan marchado y ya no recuerden recordarla.

No minusvaloro el trabajo de la escritora al intentar ponerse en la piel de esta madre pero pienso que en realidad mi verdadero interés sería más bien por la voz de la madre, que fuese ella misma capaz de desvelarnos sus interioridades y no su hija. Porque en realidad ya todos conocemos la perspectiva literaria de la mujer literata con respecto a la mujer de campo y ya sería hora de invertir los papeles.

El problema reside en la incapacidad de una mujer sencilla para ponerse las pieles de lo literario y más aun interesarse por estos quehaceres. De este modo esta perspectiva está perdida de antemano en los ríos de la historia. La mujer de campo no hablará sobre sí misma y cualquiera que hable sobre ella convertirá su diatriba en un ejercicio de imaginación mayor o menor acertado.

NO SABEMOS NADA

Hablamos de caminos y hablamos de libertades y de aquello que podemos escoger y de lo que no. Hablamos de nuestra esencia, de lo que somos en realidad, y no sabemos nada…

A veces me parece que estamos perdidos y que lo único que podemos hacer es Vivir. Y digo Vivir con letra mayúscula porque ya es mucha cosa. Ser capaz de sentir con intensidad lo que sucede a nuestro alrededor es bastante. A mucha gente se le va la vida, se le escapa de las manos, la deja ir, derrochándola, sin aprovechar, sin darle importancia. Otros entregan su vida a cosas inútiles y que desgastan y no se dan cuenta que ese tiempo perdido ya no lo recuperarán, ya no volverá. Muchos románticos han hablado de estas cosas. Está eso de: “Coged las rosas”, que a mí siempre me ha gustado tanto. Parece como el broche final de un gran libro o de una gran película. Si lo escribes al final de un tratado de metafísica anula todo lo anterior. Sería una forma de decir a todo ello que en el fondo importa un carallo y que lo que verdaderamente importa es Vivir.

Anteriores Entradas antiguas

A %d blogueros les gusta esto: