CALAMARES PARA GANÍMEDES

Érase una vez un muchacho frágil y escurridizo, sucio como la palangana de un ogro. Vivía en una casa de huesos de cereza. Ante la casa y bajo un viejo árbol se hallaba un viejo escritorio de lata con una lámpara de mesa de cristal verde, un abrecartas con el mango de marfil y una vieja máquina de escribir. El muchacho tenía por mascota una gran ballena rosa que chapoteaba en su bañera, la cual no usaba, por eso estaba tan sucio…

Hubo un tiempo en el que el chico iba siempre tan limpio y pulido como un gondolero de Venecia el primer día soleado de la primavera. Mas, desde que había encontrado a Ganímedes, su ballena, nuestro antihéroe había sacrificado su bañera por ella.

A menudo, salía las frías mañanas a recolectar calamares para Ganímedes. Seguía el recto camino de baldosas amarillas que comenzada al pie de su casa de huesos de cereza y echaba a andar silbando alguna canción. Pasaba por La casita de chocolate y pedía a Gretel un té bien fuerte y lo sorbía escuchando las historias de sus huéspedes, pero él debía continuar su camino, ganapán en mano, para recolectar la comida de su compañero.

En una vieja barca entre girones de niebla se precipitaba en el lago Leteo en pos de calamares. Envuelto en luciérnagas sorbía té de un termo que Gretel había preparado con antelación y como un samurái, hacía girar el ganapán para arrastrar los tesoros del lago.

A su vuelta, entraba al baño, el pescador, y ofrecía a Ganímedes un ágape, mientras sentado sobre la taza del bater, charlaban de lo divino y de lo humano.


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EL PAIS DE LOS LIBROS

Me adentré por el bosque de hojas de papel. Era un paisaje caótico con papeles revueltos y arrugados por el suelo y árboles de los cuales caían en racimo todo tipo de libros; unos eran gruesos, nobles y bellos, otros viejos, descoloridos y raídos por el tiempo.

Me agaché y me hice con uno de los papeles arrugados que cubrían el suelo. Lo estiré con sumo cuidado, el papel era suave y aterciopelado, de un tacto casi adictivo. Comencé a leer lo decía:

 “aquella invectiva feroz: «¡Yo me río de todos vuestros antepasados, señor padre!», que ya

anunciaba su vocación de rebelde.

Nuestra hermana, en el fondo, lo mismo. También ella, si bien vivía en el aislamiento

que le había impuesto nuestro padre, tras la historia del marquesito De la Mela, siempre

había sido de espíritu rebelde y solitario.”

Aquella prosa me resultaba conocida, me recordaba algo. Seguí leyendo hasta que di con el nombre del protagonista, sí, lo conocía, el insigne barón. Aquello era una página de la novela: El barón rampante.

Me hice con otra hoja que resultó ser un fragmento de Quijote, más adelante a mis manos vino otra perteneciente a un escritor sencillo; Bairon Barcas.

Así continué encontrando unas y otras hojas de unas y otras novelas. Al desplazar mi curiosidad hacia los árboles el placer fue mayor, pues estaban plenos de libros de todos los tipos y muchos de ellos parecían enteros. No otros, que se veía que habían dejado caer parte de su contenido a tierra.

Encontré entre ellos un ejemplar de Cumbres borrascosas y me senté al pie del árbol a leer. Me enganché y devoré página tras página la historia de Heatcliff y Catalina.

Tenía sed, bajé el volumen y caminé entre las hojas escuchando su crujir hasta avistar un pequeño lago. En la orilla un sapo con gafas redondas de pasta sujetaba con dos de sus ancas un ejemplar de Romeo y Julieta.

Me agaché y bebí. Pude ver como cerca de mis ojos se deslizaba un barco de papel muy parecido a esos que hacemos cuando somos niños que consisten en una superficie combada y con doblez coronada por un cuerpo triangular.

Una vez hube saciado mi sed me acomodé bajo un sauce llorón y continué fervientemente con mi lectura.

El tiempo pasaba y yo leía…

LA REGENTA Y RIMBAUD TOMAN CAFÉ CON HANSEL Y GRETEL

Me levanté con una sensación agridulce en el paladar. El Sr. Gödel aun dormía. Me arrastré hacia el baño e hice mis abluciones. Me apetecía un café.  Vestida y con mi sombrero de fieltro calado hasta las orejas salí a la calle donde un carruaje de caballos casi me lleva por delante. Asustada blandí el paraguas en el aire y me quejé.

A la ventana del carruaje se asomaron Sherlock  y Watson y me saludaron amablemente mientras el carruaje se alejaba calle abajo.

La rua de empedrado gris se fue trasformando, un adoquín aquí, otro allá, en baldosa amarilla. Crucé el puente sobre el lago y me adentré en “La casita de chocolate”

-Hola Gretel

-Hola Sra Gödel

Rimbaud y la Regenta tomaban café en la mesa del jardín. Ya no hacía frío. Me invitaron a sentarme. Charlaban. Rimbaud le comentaba cosas de su vida. Le decía que la mujer de su amante, el poeta Verlaine, los echó a ambos de su casa por la aventura amorosa que mantenían y por los escándalos en el París de la época. La Regenta rechistaba.

-Yo era joven en aquella época, tendría unos 28 años. Mientras tú quemabas metafóricamente París, yo me consumía en Vetusta leyendo la obra completa de Teresa de Ávila.

– París era una fiesta para mí. Me pasaba los días y las noches en estado salvaje. Verlaine y yo y yo corríamos por las calles y nos ahogábamos en absenta. Luego nos fuimos a Londres, sin un franco en el bolsillo (el euro no existía…),  solía ir a escribir al Museo Nacional donde, además de que se estaba caliente, el papel y la pluma eran gratuitos.

La Regenta mientras, se hundía entre almohadones y sufría de intensas depresiones. No quería rendirse a las propuestas silenciosas del Don Juan del pueblo, pues estaba casada, pero se sentía tan sola…

Gretel me dijo:

-Esto va para rato. ¿Le pongo un café Sra Gödel?

– Si Gretel, con pastitas de chocolate y almendra, me quedaré un rato a conversar con estas dos rarezas de la naturaleza humano. ¿Por qué no te sientas tú también?

-Pondré café para las dos y nos repanchingaremos a escuchar las arengas de estos dos seres extraños.

Así es como comienza el día en el País de Nunca Jamás. Café caliente, negro y humeante, pastitas, especialidad de Hansel y extrañas y peculiares conversaciones entre extraños y peculiares invitados. Todo el mundo está invitado a la tertulia, ¡contamos con vosotros…!

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