EL ROSTRO DE DOSTOIEVSKI

“Diríase, a primera vista, el de un aldeano. Color de tierra, sucias casi, las mejillas
hundidas, donde mordieron, dejando sus surcos, los sufrimientos de largos años; la piel,
sedienta y abrasada, resquebrajada, sin sangre y sin color, chupada por el vampiro de
veinte años de enfermedades. A ambos lados del rostro, emergiendo como dos potentes
bloques de piedra, los pómulos eslavos, y en el centro, la boca áspera, el mentón hendido,
que se esconde bajo el matorral silvestre de la barba. Tierra, roca y bosque, un paisaje
trágicamente elemental: eso es el rostro de Dostoiewski. Todo es sombrío, terreno y
huraño en esta cara de aldeano y casi de mendigo; aplanado sin color, como un trozo de
estepa rusa tallado en piedra. Y los ojos, sus ojos hundidos, no iluminan, desde el fondo
de su sima, esta masa terrosa, pues su llama eréctil no se derrama hacia fuera, clara y
brillante: la mirada, aguzada, se proyecta hacia adentro, y muerde en la sangre y la
consume con su ardor. Se cierran los ojos, e inmediatamente cae la muerte sobre este
rostro; la alta tensión nerviosa que mantenía sus rasgos alerta, se postra en un letargo del
que parece borrada la vida.”
ZWEIG, S.
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