EL MARINERO BIBLIÓFILO

Hace años, cuando yo era pequeña, mis padres solían frecuentar la compañía de un marinero retirado al qué sus amigos habían apodado “el Cipillitos”. Aquel hombre había dedicado su vida a recorrer, en grandes barcos de faena, un montón de lugares exóticos e inalcanzables para la gente de la época. Alrededor de los años 80 se había retirado a una casita de piedra en las afueras de la ciudad que, en la época, era casi más bien un pueblo. Recuerdo que la verja de entreda estaba coronada por aquella planta tan extraña que algunos han dado en llamar: “Clavos de Cristo”. La parte trasera de la vivienda disponía de un pequeño huertecito con algunos vegetales y árboles de fruta. Allí aprendí a valorar el sabor del pepino, pués era algo que mi madre no solía comprar y para mí era de lo más curioso. Al pie de un árbol, el cipillitos, tenía una mesa de piedra donde algunos mayores solían departir mientras algún niño y yo corríamos por el huerco.

El cipillitos era un hombre sencillo y bonachón que carecía de familia pero que disponía de un pequeño círculo de amigos cercanos que le acompañaban en sus plácidas tardes en el huerto o en alguna tasca cercana.

Aquel marinero despertaba en mi madre un sentimiento de ternura y jugó un papel muy importante y curioso en su vida y por ende en la mía. El Cipillitos disponía de una gran biblioteca alimentada por los libros que había ido comprando, sobre todo, en América Latina. Muchos de los ejemplares que poseía eran enclenques fajos de papel amarillento y letra como de máquina de escribir y disponía de libros que en aquellos años apenas se podían encontrar en España porque aún empezaban a editarse después de la dictadura de “ese señor”.

Mi madre, lectora compulsiva de quien heredé la bibliofagía, esa enfermedad benigna que me atenaza, se volvió loca con aquello. Le encantaba usmear entre aquellos librotes y descubrir a Victor Hugo o a Blasco Ibánez entre sus filas. El Cipi se ofreció a prestarle todos los libros que desease, pero mi madre con su buen hacer, solo aceptó los libros de uno en uno, solamente se serviría de un nuevo volumen habiendo hecho la devolución del anterior.

De este modo se entrego a la lectura voraz de un montón de obras clásicas españolas o francesas sobre todo y alguna que otra suculencia. Empezó a pasar las noches en vela saciandose con aquellos mamotretos. Había veces que cuando mi padre, sobre las 5 de la mañana, se levantaba para ir a trabajar encontraba a mi madre atricherada en el sofa con alguna de estas golosinas entre las manos. En poco tiempo se merendó las obras completas de Zola, alguna obra de Flauvert, Los Miserables de Victor Hugo y otras fruslería que no recuerdo.

Cada viernes, que era cuando solíamos ir, mi madre soltaba el lastre que el Cipi le entregara, recibía una nueva exquisited y charlaban de los avatares de la semana. Mi madre me había contado sobre una de su peculiaridas; tenía estravismo. Se ve que durante las largas travesias, el marinero leía, tumbado en el camarote y sus ojos se habían revelado de este maltrato.

Aquel Edén “bibliofílico” había amebado mi casa, se había extendedido sigilosamente desde las afueras hasta nuestro rincón de la ciudad y se había llevado la atención de mi madre consigo durante largas noches y lo que se pudiera de las tardes. Yo estaba sorprendida por la intensidad con que mi madre, durante aquella época, se entregó a la lectura. Lo recuerdo perfectamente, levantarme al baño en la noche y verla allí, absorta. Me gustaba aquello, me resultaba entrañable y me transmitía paz.

No podría precisar cuanto duró aquella época pero lo que sí sé es que al Cipillitos le llegó su hora y aquel vergel literario salió de nuestras vidas tan sigilosamente como había entrado. Nuestro coleccionista se esfumó del mundo dejando tras de sí un aroma de libros añejos y gastados, dejando en el recuerdo las letras de los grandes literatos y un esbozo infantil de un huerto con sabrosos pepinos donde un marinero enamorado de los libros reunía a sus amigos las tardes de los viernes.

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Tima
    Nov 27, 2011 @ 10:39:52

    No sé qué decir… pero es una historia muy bonita. 🙂

    Responder

  2. Tima
    Nov 27, 2011 @ 23:32:54

    Tenía que serlo. Y te dejo buen recuerdo.

    Responder

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