EL PAIS DE LOS LIBROS

Me adentré por el bosque de hojas de papel. Era un paisaje caótico con papeles revueltos y arrugados por el suelo y árboles de los cuales caían en racimo todo tipo de libros; unos eran gruesos, nobles y bellos, otros viejos, descoloridos y raídos por el tiempo.

Me agaché y me hice con uno de los papeles arrugados que cubrían el suelo. Lo estiré con sumo cuidado, el papel era suave y aterciopelado, de un tacto casi adictivo. Comencé a leer lo decía:

 “aquella invectiva feroz: «¡Yo me río de todos vuestros antepasados, señor padre!», que ya

anunciaba su vocación de rebelde.

Nuestra hermana, en el fondo, lo mismo. También ella, si bien vivía en el aislamiento

que le había impuesto nuestro padre, tras la historia del marquesito De la Mela, siempre

había sido de espíritu rebelde y solitario.”

Aquella prosa me resultaba conocida, me recordaba algo. Seguí leyendo hasta que di con el nombre del protagonista, sí, lo conocía, el insigne barón. Aquello era una página de la novela: El barón rampante.

Me hice con otra hoja que resultó ser un fragmento de Quijote, más adelante a mis manos vino otra perteneciente a un escritor sencillo; Bairon Barcas.

Así continué encontrando unas y otras hojas de unas y otras novelas. Al desplazar mi curiosidad hacia los árboles el placer fue mayor, pues estaban plenos de libros de todos los tipos y muchos de ellos parecían enteros. No otros, que se veía que habían dejado caer parte de su contenido a tierra.

Encontré entre ellos un ejemplar de Cumbres borrascosas y me senté al pie del árbol a leer. Me enganché y devoré página tras página la historia de Heatcliff y Catalina.

Tenía sed, bajé el volumen y caminé entre las hojas escuchando su crujir hasta avistar un pequeño lago. En la orilla un sapo con gafas redondas de pasta sujetaba con dos de sus ancas un ejemplar de Romeo y Julieta.

Me agaché y bebí. Pude ver como cerca de mis ojos se deslizaba un barco de papel muy parecido a esos que hacemos cuando somos niños que consisten en una superficie combada y con doblez coronada por un cuerpo triangular.

Una vez hube saciado mi sed me acomodé bajo un sauce llorón y continué fervientemente con mi lectura.

El tiempo pasaba y yo leía…

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CHOPEDJAUER HÁBLAME

Hace unos días recibimos visita de uno de nuestros amigos artistas, llamémosle “El Pintapiedras”, y nos dejó como bello recuerdo de su estancia este dibujo dedicado.

Aunque suele emplear pintura acrílica, si no me equivoco -puede que sí-, la técnica en este caso, dadas las circunstancias de la improvisación, es boli sobre mantel de papel, lo cual le aporta un encanto adicional 😉

En serio, podeis ver parte de su obra en su blog -uno de ellos-, y ¡a todo color!

PANDORA

       Me imagino que muchos habréis escuchado el mito de Pandora en el cual Zeus envía al hermano de Prometeo una bella mujer dotada de muchas virtudes pero también de una carácter voluble e iracundo (atribuído por Hermes).

Pandora venía con una caja que al abrir liberaba los males. Cuando se cierra la caja solo queda en su interior la esperanza. Bien, pues lo que llevaba Pandora era un ánfora o jarro y lo de la caja es una deformación renacentista.

Por otro lado existes fuentes que afirman que lo que Pandora liberó fueron los bienes que volaron hacia las mansiones de los dioses abandonado a los hombres. Lo único que se pudo conservarse fue la esperanza.

POSTALES DE TETUAN

CAFÉ CON KIONG SOOK

Me siento en el salón fresco y con olor a vainilla, hay muchas plantas y un cómodo sofá de esos orejeros tapizado en cachemir granate.

Una buena amiga me ha regalado hace unos días una novela coreana titulada “Por favor cuida de mamá” de la famosa (en Corea) escritora Kiong Sook, Shin.

Lo abro y leo y leo y leo. Es una lectura suave y cadenciosa con un ritmo lento y pausado. La madre de la protagonista se ha perdido y en el intento de encontrarla se la recuerda. Ella es descrita como trabajadora y sencilla, una sufrida mujer de campo.

La hija, una mujer de ciudad, toma la palabra para intentar traspasar la piel de roble de su madre, tratar de escudriñar sus sentimientos, sus razones, sus pensamientos… “Por favor cuida de mama” es un canto a esa madre que siempre está ahí, aunque sus hijos ya se hayan marchado y ya no recuerden recordarla.

No minusvaloro el trabajo de la escritora al intentar ponerse en la piel de esta madre pero pienso que en realidad mi verdadero interés sería más bien por la voz de la madre, que fuese ella misma capaz de desvelarnos sus interioridades y no su hija. Porque en realidad ya todos conocemos la perspectiva literaria de la mujer literata con respecto a la mujer de campo y ya sería hora de invertir los papeles.

El problema reside en la incapacidad de una mujer sencilla para ponerse las pieles de lo literario y más aun interesarse por estos quehaceres. De este modo esta perspectiva está perdida de antemano en los ríos de la historia. La mujer de campo no hablará sobre sí misma y cualquiera que hable sobre ella convertirá su diatriba en un ejercicio de imaginación mayor o menor acertado.

NO SABEMOS NADA

Hablamos de caminos y hablamos de libertades y de aquello que podemos escoger y de lo que no. Hablamos de nuestra esencia, de lo que somos en realidad, y no sabemos nada…

A veces me parece que estamos perdidos y que lo único que podemos hacer es Vivir. Y digo Vivir con letra mayúscula porque ya es mucha cosa. Ser capaz de sentir con intensidad lo que sucede a nuestro alrededor es bastante. A mucha gente se le va la vida, se le escapa de las manos, la deja ir, derrochándola, sin aprovechar, sin darle importancia. Otros entregan su vida a cosas inútiles y que desgastan y no se dan cuenta que ese tiempo perdido ya no lo recuperarán, ya no volverá. Muchos románticos han hablado de estas cosas. Está eso de: “Coged las rosas”, que a mí siempre me ha gustado tanto. Parece como el broche final de un gran libro o de una gran película. Si lo escribes al final de un tratado de metafísica anula todo lo anterior. Sería una forma de decir a todo ello que en el fondo importa un carallo y que lo que verdaderamente importa es Vivir.

BOWLES Y MÁS…

Desde que empezó el verano los días han estado llenos de un calor sofocante. He estado paseando por diversas ciudades pero en todas ellas he tenido la suerte de que la noche traía frescor. De todos modos, haga el tiempo que haga, yo siempre me deslizo por la vida con un libro debajo del brazo. El título principal de esta temporada ha sido la popular novela de Paul Bowles El cielo protector, un precioso ejemplar de Seix Barral con una sencilla portada de dos manos con dibujos de henna y entrelazadas.

Me pareció magnífico, narra el viaje de tres personas por el desierto, una especie de viaje exterior e interior que es lo que suele pasar en todos los libros. Sin embargo estoy segura de que así es siempre, cuando uno viaja se transforma, se metamorfosea, cuando uno alcanza su destino se ha convertido en otro. A esto me imagino que se refería Kavafis cuando decía que cuando fuésemos a Ítaca pidiésemos que el viaje fuese largo.

El cambio es bueno y además inevitable. No se puede pensar que uno siempre es el mismo. Incluso Heráclito, según Platón, decía que no te puedes bañar dos veces en la misma agua de un río, que todo fluye (Phanta rei), que todo cambia todo el tiempo.

Bien, mientras todo cambia y se disuelve y se funde en el crisol de la naturaleza para emerger siendo otro, yo me dejo acompañar por compañías célebres y geniales, l@s escritor@s de los libros y a partir de ahí tanto si me quedo en casa o me desplazo muy lejos, siempre viajo.

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