UN DÍA EN BARCELONA

La ciudad es como un gran buffet. Sal y sírvete lo que desees.

Entro en el metro y recorro los túneles de fuego, hace bochorno, el sudor asoma sus lágrimas en la piel. Las paredes están cubiertas de propaganda de línea de cruceros.que ofrece una playa paradisíaca en Sardenya. El cartel es sensual, fresco, magnífico, es como una tentación en el desierto, la María Magdalena del metro.

Me arrastro hasta el vagón y entro, de repente: el frío. Del verano al invierno solo hay un paso: el que das para entrar en el vagón.

Consigo llegar a la playa, busco sitio cerca de la orilla. Está a reventar, parece una olla a punto de hervir. La mujer de mi derecha lleva un bañador azul y fuma un puro bien grueso.

La gente grita en tantos idiomas a mi alrededor que me siento sumergida en la mismísima torre de Babel.

El tiempo se desliza espumoso y agrio. Cojo mi libro y leo. Ahora el tiempo se ha detenido.

A mi vuelta todo sigue en su sitio, en la tele dan El Gatopardo, en la pantalla Terence Hill charlotea en italiano subtitulado. Estoy aquí, con el ordenador, un cigarro y como no! :el café.

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