DIÓGENES EL CÍNICO

Amanece en Atenas en el albor de los tiempos, en el amanecer de la humanidad, de la humanidad como tú y como yo la entendemos.

Diógenes se despereza dentro de su barril, uno de sus perros le lame la planta de los pies, es grande y despeinado, sucio y feo, mezcla de 7 padres y 7 madres, pero en fin, un perro feliz, un perro que mueve la cola y brinca por el ágora.

Hace poco que ha amanecido en esta parte del mundo, las estrellas aun se están retirando a dormir.

Diógenes camina hacia la fuente y con la ayuda de sus manos bebe, se seca con el dorso del brazo y se encamina hacia una explanada donde unos cuantos arqueros practican el tiro con en una pequeña competición.

Nuestro protagonista saluda, dos de sus perros ladran alegres y los arqueros contestan al amigo con entusiasmo.

Al tocarle el turno a uno de los tiradores que todos sabían que era muy malo, Diógenes se sitúa delante de la diana. Los asistentes miran boquiabiertos y Diógenes dice:

–          No sea que me dé.

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